En un momento tranquilo en el campus universitario, un profesor con brillante indumentaria académica conversó con un colega sobre el impacto de un “año de estragos” de austeridad. El colega, que se retiraba tras una larga carrera, advirtió que el enfoque implacable en métricas y recortes de costos no dejaría a la facultad con menos desdicha ni desesperación.
La conversación reflejaba una crítica más amplia a la administración de la educación superior, donde términos como «resultados», «ajuste de tamaño» y «planificación estratégica» han sustituido a las anteriores palabras de moda «innovación» y «disrupción». Estas prioridades, señaló el profesor, han convertido a la universidad en un «tecnovisionario que avanza a trompicones en la vaga dirección de algún futuro noble», mientras que la realidad es una serie de cierres y despidos.
El reciente ensayo de David Hollingshead, “Humanists Have Done Nothing Wrong”, subraya aún más la desconexión entre la misión académica y la agenda de austeridad. Hollingshead sostiene que los críticos de las humanidades son “fucking stupid” y que el valor del campo está siendo socavado por la falta de atención a cuestiones laborales y sindicales.
Ambas las observaciones del profesor y la crítica de Hollingshead señalan un conflicto estructural: la austeridad no es producto de un solo grupo, sino un cambio sistémico que re‑asigna recursos hacia el beneficio de la élite a expensas del servicio público. El resultado es una fuerza laboral docente que se siente cada vez más alienada y poco apreciada.